Metro Manila (2013) a la luz de John Ford

Tráiler: http://www.youtube.com/watch?v=UjQK6rOWXTY 


En Filipinas, así como en el este asiático, se tiende a monopolizar una imagen de las playas paradisíacas y paisajes de ensueño, contrastándola con la criminalidad de las ciudades del neón: suburbios entrelazados que conforman una coraza de narcotráfico, prostitución y maldad que choca con las pretensiones de alguien que pretende prosperar a cualquier precio mediante la laboriosidad y la entrega sincera.

Manila, donde se desarrolla la acción de nuestra película, es una ciudad cambiante según los ojos de quien la mira. Puede ser la esperanza, puede ser el deseo e incluso puede llegar a ser el amor. También la muerte. Parece como si Manila fuera un monstruo del que sólo se puede esperar un final trágico. Y sin embargo es un drama. La composición planea por un camino de clichés que llega a sintetizar perfectamente cómo la poética de la película respondía a una idea: la belleza del sacrificio.


La ciudad es el final de las bifurcaciones humanas, es un cúmulo de carreteras entrelazadas imposibles de desatar. Casa para cualquiera y para nadie. Si John Ford levantara la cabeza vería en nuestras palabras la definición de su escenario favorito: el desierto de Arizona, lugar de enfrentamientos entre distintos tipos de civilizaciones además de ser lugar de encuentro entre buscadores de nuevas oportunidades. El director de raíces irlandesas, mediante su filmografía, logra un viaje que se asemeja por completo al de los protagonistas de Metro Manila (2013).

Oscar Ramírez, su protagonista, es un prototipo. El padre de familia que no gana lo suficiente en el campo pero que ve una luz de esperanza en la fosforescente ciudad de Manila. Una oportunidad para prosperar con un precio: adentrarse hacia lo desconocido. Además, tiene un hándicap. Muy a pesar de que Oscar ha estado en la guerra, no conoce su país como víctima capitalista. No conoce una utilidad monetaria más allá del abastecimiento de las necesidades básicas de su familia. No conoce la corrupción. No conoce la maldad escondida tras las sonrisas de quienes le tienden la mano.

Del mismo modo que Oscar se adentra hacia lo desconocido, Iron Horse (1924) de John Ford abre un paso hacia la América hostil y por conocer: el oeste. El padre Brandon sintetiza la esperanza mediante una visión que su hijo materializa: el ferrocarril llegará al oeste. Con él, llega el sueño de una nueva tierra llena de oportunidades que, no sin peligros, puede permitir el avance de una nación de igual modo que el conocer de Manila, para Oscar, podría representar el avance hacia un futuro mejor para sus hijos.


En el caso americano, el ferrocarril permite el adentramiento hacia ese desierto tantas veces atisbado en las películas de John Ford y que genera el contraste entre los grandes escenarios y una podredumbre infatigable que persiste después de expulsar a los indios del territorio: la criminalidad. The Man Who Shot Liberty Valance (1962) representa el libre albedrío del oeste sumido en ese aislamiento. La violencia es lo que marca la civilización occidental. Una situación que se apacigua mediante la educación del oeste con la palabra de James Stewart: la ley escrita en los libros. 

La aparición de un ser importante, en este caso James Stewart en su papel de Ransom Stoddard, empero, a menudo supone la destrucción del otro. Así como John Wayne apareció en Stagecoach (1939) dando vida a Ringo y a la suya real en Hollywood, debía morir junto a las viejas leyes del desierto, junto a Liberty Valance y junto a las caricaturas que una vez fueron personajes necesarios. Incluso resulta irónico que si en una película Wayne enamoraba, en la segunda es abandonado.


James Stewart, después de un atraco a su diligencia, llega al oeste con las mismas condiciones con las que Oscar llega a Manila. Ambos tienen enfrente el desconocimiento y, mientras que uno repudia lo que ve, el otro se adapta sin intentar cambiar su entorno. Así como Stewart consigue abrir los ojos a un pueblucho de mala muerte, Oscar no puede hacer nada frente a un sistema establecido. Sus manos no tienen más que las marcas de un trabajador que acepta con gratitud cualquier cosa que se le ponga por delante. Aunque sea una bomba. Absolutamente todo, sin la desconfianza típica del extranjero. Fatalidad.


El gran oeste sistematizado mediante la violencia es el mismo que preside la ciudad de Manila. ¡Y aún así sus historias son tan distintas! La familia de Oscar viaja como lo hizo la de Tom Joad en The Grapes of Wrath (1939), creyendo que la sinceridad, junto con la bondad, impera en cualquier parte del mundo. El origen de ambos reside entre la naturaleza de las cosas pequeñas. Pero no están preparados para acometer el futuro que les desplaza de su terreno natural, tal y como sí lo estaban James Stewart o el hijo Brandon.


Tanto Oscar como Tom sucumben ante las nuevas y prometedoras oportunidades que se vislumbraban desde las plantaciones de arroz y los terrenos de Oklahoma. Ambos personajes deben cambiar para sobrevivir o, al menos, que alguien de sus familias lo haga. Deberán emprender una nueva actitud ligada con la valentía y el esfuerzo, salvando lo que es legal de lo que no está permitido en su corrompido mundo que les abraza mortalmente, al son de unos sueños que se empequeñecen.

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