Una reflexión sobre el lenguaje

MÍMESIS O IMITACIÓN DE LA NATURALEZA COMO FINALIDAD ESENCIAL DEL ARTE

Existe un misterio en el corazón del lenguaje. Desde los tiempos en que Aristóteles pretendía establecer la representación de la realidad con el arte, en tanto que mímesis, ha existido cierta polémica sobre las capacidades y las lagunas de nuestro principal elemento de comunicación oral, escrita, auditiva, visible y olfativa, cuanto menos palpable en nuestra imaginación: el lenguaje.

La oralidad y la escritura surgieron como necesidad de un método vehicular de transmisión y de comprensión: dos actos partidos de una base que es la reciprocidad. Ante todo, la intención de toda comunicación es expresar y recibir esa expresión intangible, aunque fisiológica, para conformar la imagen de los sentimientos del otro transmitidos mediante palabras. En cualquier caso, la comunicación siempre se ha visto reflectada en las corrientes artísticas para llegar, desde un camino más profundo, al interior de la persona que le dedica un tiempo y un espacio en el interior de ese siniestro lugar llamado conocimiento, si a caso introspectivo.

El caso del dolor procedente del arte puede resultar especial en diversos modos pero sigue siendo un ejemplo de un modo en que se comportan los seres humanos en la vida real.[1]

Ésta es una consideración interesante. Sócrates propugnaba el conocimiento de uno mismo para conocer la realidad, que se antojaba tan próxima como lejana. Ante esa consideración se nos plantea la cuestión de dónde surgen las palabras que nos acechan interiormente, las que responden sistemáticamente a nuestros ojos, nuestros oídos, nuestras manos o a nuestra lengua. Socráticamente hablando, estamos ante la representación de la realidad para nosotros mismos; el arte más veraz y cercano, el más sincero y puro es el que expresamos de una manera ulterior.

       En el sentido religioso se utiliza el lenguaje de una manera dual y paradójica, se insta a los creyentes mediante la búsqueda de la verdad en las sagradas escrituras interpretadas y se busca convencer. Aunque la palabra divina no pueda pronunciarse, ni que se buscara, en vano, porque es inabarcable, inefable como encerrar el infinito en un término que no sea un ocho tumbado, inagotable: el segundo mandamiento de la Iglesia Católica es, lingüísticamente, insólito.

La distinción clásica entre imagen reproductora e imagen creadora o productiva pierde mucha de su radicalidad, ya que ni la percepción (imagen perceptiva) refleja el objeto «tal como es», ni la creación imaginaria deja de hundir sus raíces en la experiencia perceptual.[2]

Precisamente en esta línea religiosa se puede organizar una alegoría nietzscheana. El ser inefable es el único que tiene la libertad, quien tiene las llaves de la cárcel de la que somos prisioneros como lo somos de la palabra, como si lo fuéramos de nuestro cuerpo. Somos palabras y estamos hechos de palabras, ¿pero acaso puede ésta misma salvarnos? Podemos usarla para escapar, convirtiéndola en un arma de doble filo y vivir agradablemente con su compañía.

El poeta ha estat feliçment condemnat a viure del llenguatge i en el llenguatge: ficció humana d’un món que en estat pur ens és aliè.[3]

Históricamente, la Ilustración fue la causante de un ánimo dictatorial de la realidad, intentando abarcarlo todo mediante la palabra y el saber racional. En este contexto, sus valores fueron adoptados por la Modernidad estableciendo una sobredimensión del lenguaje, suprimiendo el sujeto y la identidad. El eco nietzscheano de la palabra como prisión aparece nuevamente, e incluso va más allá. La palabra ha asesinado las percepciones subjetivas imponiendo las generalizaciones típicas del Modernismo; ha colonizado la realidad matando todos los recursos expresivos que teníamos, sobre todo, en el medio artístico o cultural.

Ante la muerte del sujeto, la supremacía de la palabra y, en definitiva, el caos del lenguaje, cualquier recurso es válido siempre que tomemos la realidad como metáfora de la que formamos parte como instancias del lenguaje. Asimismo encontramos casos de literatos que han utilizado la palabra para fundirse entre el significado del ser su obra y el significado de ser la persona que escribe. Foucault (2010) lo tenía claro: “escribo para perder el rostro”, ayudándose de la palabra, utilizándola a su placer para tergiversar el significado del desorden conseguido por el excesivo afán de orden moderno.
Obra de Kazimir Malévich
        Llegados a este punto deshumanizado de la realidad hallamos un punto de melancolía, de tristeza. Nuestra vida, vista de este modo, está sujeta por las palabras. Somos un quimérico número de conversaciones que han crecido y madurado con nosotros. El lenguaje ha alcanzado tal cima que incluso nuestro amor por las cosas viene condicionado por éste. Las palabras pueden originar y terminar el amor, incluso pueden hacernos desaparecer y ser como los ojos del cíclope enamorado de Cortázar.

Todas las palabras que llenan la habitación. ¿Qué dice la gente en toda una vida? Cada uno atrapado en la sintaxis del otro. La misma voz. Un canturreo tonal repetitivo.[4]

        El lenguaje como forma de vida, quizás sea este el gran misterio. Podemos discernir dos tipos de personas: las que utilizan las palabras y las que son utilizadas. Hemos observado escritores utilizándolas como arma para escabullirse de la prisión moderna, pero también existen individuos que viven inconscientes del lenguaje. Personas capaces de desaparecer por el uso cuotidiano de la repetición de unos términos concretos, aboliendo los propios: una colonización inadvertida.

«La literatura», me dijo, «consiste en dar a la trama de la vida una lógica que no tiene. A mi me parece que la vida no tiene trama, se la ponemos nosotros, que inventamos la literatura».[5]

Igualmente, como el misterio que reside en su corazón, el lenguaje tiene unas fronteras ambiguamente inhóspitas. La palabra enmarca un momento, una acción, un sentimiento, pero actúa como génesis. El punto inicial que nos conduce indirectamente a una serie de significados que escapan de las murallas de sus letras; tras la palabra existe una llanura inmensa de posibles ambigüedades en la que podemos encontrar representaciones de una realidad inmaterial aun sin ser mencionada.

Més tard va comprendre que la paraula «dona» pronunciada amb un èmfasi especial no era per a ell la designació d’un dels dos sexes de l’espècie humana, sinó un valor.[6]

          A partir de la concepción aristotélica del uso artístico del lenguaje como representación de la realidad, hemos podido observar las mutaciones derivadas de esa herencia clásica que nos ha llegado como una leyenda, manipulada y retocada por el tiempo. Ortega y Gasset deshumanizó el arte como una anticipación del miedo a caer en el vacio artístico, ante el temor de no representar la realidad si nos representábamos a nosotros mismos.

De hecho, la realidad no puede caber en una palabra sino es gracias a lo que se desprende de ella, de lo que evoca. Pero así como el arte no puede representar a la perfección la realidad manipulada por el hombre, porque ya no se conoce qué es realidad, la palabra no puede decir todo lo que pretende, sólo es una simulación, un hilo de Ariadna con el que escapar o bien vivir, laberínticamente, atrapado en el lenguaje.



[1] COHEN, Ted; Pensar en los otros: Sobre el talento para la metàfora, Barcelona, Apha Decay, 2011.
[2] MEIX, Francisco; La dialéctica del significado lingüístico, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 1982.
[3] TUSÓN, Jesús; El llenguatge i el plaer. Incursions lingüístiques en terra literària, Barcelona, Empúries, 1990.
[4] DELILLO, Don; Teatro, Barcelona, Seix Barral, 2011.
[5] VILA-MATAS, Enrique; Doctor Pasavento, Barcelona, Anagrama, 2008.
[6] KUNDERA, Milan; La insostenible lleugeresa del ser, Barcelona, Destino, 1986.

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