Reseña de 'El héroe de nuestro tiempo', de Mijaíl Lérmontov


La irrupción de El héroe de nuestro tiempo en la literatura rusa representó el ahondamiento sintomático de una generación contemporánea a la que Mijaíl Lérmontov pertenecía. Mediante un perfeccionamiento de la prosa realista se logra un canto a la libertad inutilizada por la futilidad de los hombres con talento. Un héroe de nuestro tiempo permite observar desde distintos ángulos una confrontación de opuestos que se ve personificada en el protagonista Pechorin, símbolo de una sociedad heredera de la revolución decembrista de 1825.
            
La inmoralidad de la novela es explicada por Lérmontov como retrato social de un colectivo que ve focalizados los vicios humanos en la figura del protagonista. A partir de la advertencia situada en el prólogo, la estructura de la narración se divide en dos grandes partes que combinan diferentes tonalidades narrativas, a su vez que muestran la imagen de Pechorin desde distintos ángulos. La división viene determinada por un primer acercamiento a la psicología del protagonista a través del mismo escritor, un tercero llamado Maxim Maxímich y una posterior penetración introspectiva infructuosa de la mano del mismo Pechorin.
            
Podemos considerar la novela como una comunión de tipologías narrativas. Lo que en un inicio debían ser los apuntes de viajes de un personaje insignificante encarnado por el escritor, se convierte en una recopilación de historias contadas por un tercero, Maxim Maxímich. Se crea, entonces, una superposición narrativa: el escritor se convierte en el doble narrador de su viaje y la historia de Pechorin, hasta el hallazgo del diario personal del protagonista: la incursión de otro género, caracterizado por la introspección.
            
El realismo de Lérmantov deviene perfecto en la recreación del ambiente y el paisaje que envuelve la acción en cada momento, incluyendo el carácter y rasgos de las distintas gentes y personajes tipos que encuentra a su paso. El núcleo argumental se encuentra en esa naturaleza exótica descrita por el autor, que deviene itinerante con el periódico emplazamiento de la acción en distintos parajes según el relato en cuestión.
            
En este contexto, Pechorin es presentado por Maxim Maxímich como un hombre incansable que ve sus actos sometidos a los vicios de la pasión pasajera en Bela, destruyendo el amor puro con indiferencia donjuanesca. Visto desde el punto de vista del escritor, en Maxim Maxímich, el personaje es frío y repugnante en su egocentrismo ante el humanismo y cariño de Maxim, permitiendo al lector situarse en un claro bando contrario a Pechorin.
            
Con la irrupción del diario personal del protagonista, caído en manos del escritor, nos adentramos hacia la justificación psicológica de su actuación, revolviendo sus sentimientos en una estructura espiral que centrifuga la melancolía, la soledad y la tristeza de dimensión fáustica, fruto de una búsqueda y huida sin resultado, desembocando en la imagen sincrónica del tiempo y sociedad del s. XIX.
            
La imagen de Pechorin da un giro inexorable con la caída de su diario personal a manos del escritor, que se convierte en lector –símil cervantino– de los adentros psicológicos y sentimentales del personaje en el transcurso de un viaje interior. La importancia del Pechorin, sin embargo, radica en sus hazañas y, de hecho, Lérmontov pone en boca del narrador su muerte como un hecho intrascendente que sirve de llave de paso al resto de los relatos escritos.
           
Mediante un periplo marcado por el conocimiento de la corrupción y lo irracional en Tamán y el engaño sentimental en Mary compitiendo con los sentimientos verdaderos de otros, el mismo personaje halla el reconocimiento de un vacío retroalimentado por su carácter insatisfecho. Únicamente podemos observar al Pechorin más humano cuando Vera, su fiel amante, se aparta de su camino marcando indirectamente el destino final del personaje: el abandono de todos los que le rodean.
            
Lérmontov establece como título el héroe, que en realidad es víctima del tiempo narrativo: la condición histórica y social. El último de los relatos de la novela, El fatalista, muestra una digresión del porvenir del hombre contemporáneo que no es dueño de su destino. Para el autor, Pechorin es el héroe que llega al mismo atisbo de la verdad navegando a contracorriente: el sin sentido de la vida. Su búsqueda introspectiva es una indagación generacional colectiva que se ve sumida en el abismo dictado por el contexto político que le envuelve; impidiendo actuar al hombre enérgico y talentoso, sometiéndolo a la futilidad dictada por la autocracia rusa que se ve personalizada en la vida del hombre superfluo: Pechorin.

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