La desaparición momentánea

El sacrificio

En el teclado todavía quedan restos
de los días perdidos en tu búsqueda,
resquicios sanguíneos estancados,
resecos sueños del contagio.

La piel que buscas lo dejó todo,
sin dejar nada más que la sangre.


"Era una noche espléndida, una de esas noches que sólo se nos presentan cuando somos jóvenes, amable lector. El cielo aparecía tan estrellado y tan claro que, al mirarlo, se preguntaba uno instintivamente: ¿Cabe imaginarse que bajo semejante bóveda exista gente irritable y antojadiza?" 

(Noches blancas, Dostoyevski)


Intentamos parecernos a Foucault: escribir para perder el rostro. Las letras se volvían líquidas cuando salían de nuestras bocas. Vomitábamos palabras entre risas cada madrugada. Nos divertimos. Pero se nos fue de la manos. Las perdimos. Desaparecimos a la medida que se nos escapaban de las manos las únicas pruebas semánticas de nuestra existencia.

Cada vez que decía tu nombre te alejabas. Vomitar solo no era lo mismo sin el lenguaje. Quizá fue el calor, quizá la desidia por los objetos inconcebibles. La falta de un respiro, la mitad de una mirada con sentido. Escribir es sobredimensionarse, no hace falta hacer proezas.

Las palabras también se solidifican. Nacer en invierno predeterminó mis hábitos. El frío es mi morada, la soledad una condición, el lenguaje una ranura incandescente sólo tangible entre el hielo del sufrimiento feliz. Aquí la justificación del abandono temporal de este lugar indeterminado.

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