Estar solo es avanzar.



Escudriñándola con ojos como botones desabrochados.

(Gonzalo Suárez)

Caminando por el metro me he dado cuenta de una sensación desagradable. He recordado el movimiento tedioso de un gusano, lo irascible que puede llegar a ser una criatura indefensa paseándose por la piel dulcificada con el líquido que deja tras de sí, a cada curva trazada con el cuerpo, resbalándose para avanzar.

Me imagino restregándome por el suelo sucio del metro de Barcelona, entre los vómitos secos de la noche anterior a mi aliento matutino. Se me arranca la piel. Me hiero por todas partes contra cerámicas rotas. ¿Cómo lo hará el gusano? Pensad en el vómito un momento. Como si sacarais el dolor. Esos manuales de autoayuda no nos inducen a vomitar, jamás lo harán. Lágrimas del cuerpo emanan de las bocas de estudiantes vivientes, recordándoles que están vivos. La muerte está ahí: a un paso, entre el suspenso del vómito y la línea curvilínea trazada por la gravedad existe la muerte, pero nunca te das cuenta.

Dejarás de ser un buen estudiante. Dejarás de ser una buena persona. Quizá deberías probar el suspenso. El dolor gratificante de enfrentarte a una tradición que se ha ido a pique. Masticar el papel sucio, con garabatos en forma de apuntes. O vomitarlo. Un vómito distinto, alegórico, penoso, patético. Aunque en el líquido siempre haya dolor. Cuántas muertes se ha llevado el mar. Cuántas cosas se ha llevado. Cuántas cosas se ha llevado la universidad, cuántas mentes ha manipulado

Tus padres te hablarán y te seguirán dando de comer, pero a cada bocado notarás la herida amarga del orgullo apaleado. Un cuerpo lleno de golpes invisibles, sólo apreciables por dentro: una madre perdiendo la forma bombeada del vientre con un hijo vivo aún por nacer.

Camino cansado por el metro de Barcelona. Me canso demasiado. Una ingente multitud de personas sorteándose entre sí, una tras otra, para llegar al metro que cubre mi recorrido. Marcha olímpica en el trasbordo de Passeig de Gràcia para llegar a tiempo. Tengo la sensación que con compañía me canso menos, incluso si la conversación es intrascendente y vacía.  

Por la tarde, al llegar a casa, me siento fatigado. Las piernas se me desvanecen poco a poco, hasta ver el suelo en primer plano. Existen manchas en el movimiento. Los zapatos blancos están llenos de manchas negras. (¿De qué color podían ser?) Siento el cansancio de la soledad, la repercusión en los adentros: un pensamiento - estar solo es avanzar. 

Repudio las cercanías con la gente amiga. Abomino la compañía, las relaciones humanas en interacción; el amor, tal vez. Los sentimientos son caducos en interacción, pero no en soledad. El detalle de la acción: perspicaz. La poesía reñida con la sentimentalidad enamorada: el pastel, como postre de herencia romántica. 

Cada paso dado aguarda la tensión de un gatillo fecundado. El paso al vacío. Caminar hacia la infinitud. Resbalarte con tu sudor, con la mucosidad verdosa de otros tiempos en tu nariz guardada: subir al metro lleno de sudor. Todo parece blanco, pero es el color desaparecido. Sólo quedas tú.

2 comentarios:

  1. Joder, tío. Se le pone el cuerpo malo al leer lo del gusano-vómito...

    Si no lo has leído, Memorias del subsuelo pero ya. Va muchísimo con lo que has escrito.

    Un saludo.

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  2. Gracias Àlex. Deduzco que te gustó la lectura del libro de Dostoyevski. Así mismo, no pretendía ir en ninguna dirección marcada. Este blog sigue lo voluntario del espasmo. La inmediatez con la que jugar.

    Un saludo.

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