El jueves por la noche había subido bastante tarde y agredido a Patty sexualmente. Había llevado a cabo, con el sorprendido consentimiento de ella, las acciones violentas que, sin su consentimiento, habrían sido las de un violador: le había arrancado el pantalón negro de trabajo, la había tirado al suelo de un empujón y la había penetrado. Si en el pasado alguna vez se le hubiera ocurrido hacerlo, no lo habría hecho, porque no podía olvidar que la habían violado en su adolescencia, pero el día había sido tan largo y desorientador - su casi infidelidad con Lalitha tan enardecedora, el camino cortado en Wyoming tan indignante, la humildad en la voz de Joey por teléfono tan inaudita y gratificante - que de pronto, cuando entró en la habitación de Patty, la vio como su objeto. Su objeto obstinado, su esposa frustrante. Y estaba harto de eso, harta de tanto razonamiento y comprensión, y por eso la echó al suelo y se la folló como un salvaje. La expresión de descubrimiento que asomó entonces el rostro de Patty, que debió de ser reflejo de la expresión de él, lo hizo detenerse casi tan repentinamente como había empezado. Detenerse y sacarla y sentarse a horcajadas sobre el pecho de ella y apuntarle a la cara con su miembro erecto, que parecía el doble de su tamaño habitual. Mostrarle en quién se estaba convirtiendo. Los dos sonreían como locos. Y entonces él volvió a penetrarla, y ella, en lugar de alentarlo con sus pudorosos suspiritos de siempr, dejó escapar sonoros chillidos, y eso lo enardeció aún más; y a la mañana siguiente, cuando bajó al despachó, adivinó por el frío silencio de Lalitha que los chillidos se habrían oído en toda la amplia casa.

(Libertad, Jonathan Franzen)


Apunta cuidadosamenete y vacía la vejiga sobre la flaca espalda curvada, por fin, qué alivio, sobre la nuca y la cabeza. Ella se estremece al recibir el chorro caliente, lo nota escurriéndose pos sus flancos y sus muslos, goteando de sus cabellos, su nariz, su barbilla. Obedeciendo otra señal, tenía que incorporarse, dejarse coger de las caderas y resbalar despacio sobre él, hacia abajo, entre sus piernas abiertas. Notaría en el sexo la mejilla regada por lágrimas y orines y sudor, y tendría que centrar la cabeza con las manos, obligarla, sujetarla, recordarle de nuevo: si hoy quieres comer, reina, no te pares.

Resistiendose hasta oír los bastonazos exigiendo más decisión, más viveza. Ahora, el sexo de Java arde indiferente a unos centímetros de su boca. Arrodillada, ella cede al fin a la fuerza de las manos.

(Si te dicen que caí, Juan Marsé)

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