"Las palabras tienen todavía dificultades conmigo." (Günter Grass)

La literatura alemana es, a todas luces, un hijo pródigo con un padre que se fue, abandonándolo a la suerte del destino del futuro político y cultural del porvenir alemán. A grandes rasgos podemos introducir la literatura alemana como un producto de diversificación cultural a partir de 1945, donde la narrativa es el elemento de construcción de un colectivo que se observa frío, vacío, con las ruinas de sus casas en su mismo nivel: a ras de suelo. Parafraseando a Günter Grass, la historia es algo de lo que no podemos escapar, siendo un error el intento de ignorarla, porque siempre acaba envolviéndonos.

Para erigir una nueva sociedad es preciso unos cimientos encontrados en el recuerdo, pero no de las viejas glorias dinamitadas por las bombas alemanas y carcomidas por sus mismas aspiraciones imperiales, otro tipo de recuerdo en el que el olvido juega un papel de igual. El recuerdo y el olvido son palabras que fácilmente reconocemos entre las imágenes de unos escombros vacíos, aunque llenos de humanidad mermada por unos pocos. Entonces, ¿qué importancia tiene el hecho de atosigarse? Los recuerdos, como lágrimas de la mente, acaban en el cajón hondo de lo particular, siendo sepultados por un afán rejuvenecedor que mira más allá del polvo, encontrando, detrás de las ruinas, el brote verde de un futuro que se asemeja a la esperanza.

A partir del 8 de mayo de 1945 existe la necesitad de un nuevo comienzo en el campo existencial apoyado por un distanciamiento del colectivo nacionalsocialista, que se vería reflejado en la literatura alemana de posguerra. Junto a la pretensión de desnazificar y democratizar el país el control de las actividades culturales creció hasta el punto de promover unos cambios literarios en los que los intelectuales deberían elegir si cruzar el muro que separaba la zona occidental de la zona oriental. Mientras por un lado se favorecen las publicaciones americanas (Hemingway y Faulkner) y francesas existencialistas (Sarte y Camus), para la Alemania oriental se mira la función social y política de una literatura del exilio que acabaría por agotarse por el distanciamiento que causaron los Juicios de Núremberg, generando una línea divisoria entra la población y los culpables directos del holocausto.

Con el tiempo la narrativa trataría de enjaular los pensamientos y sentimientos de la población alemana que se mira en el espejo, con sus mismos ojos, a caso más cansados, con casos sumamente particulares en los que conjugar los acontecimientos pretéritos con los recuerdos del ayer; recordando cómo las metáforas escritas por la edad, los pliegues de la piel acusados por el tiempo, las cicatrices cerradas de una carne abierta, marcaron su vida y la consciencia de un país que acabaría por unirse en el 1989 con la caída del muro de Berlín.

Si la literatura alemana es un hijo del recuerdo, quizás sería preciso llamar a su condescendiente cinematográfico por el nombre de Alexander Kerner, protagonista de la película Good bye Lenin! (2003). En la misma línea que la literatura, todos los elementos culturales han variado su tratamiento del pasado histórico alemán hallando en la particularidad el elemento que evidencia las entrañas de un colectivo o el (re)descubrimiento de un presente que no se vaticinaba tan claro desde las primeras ciudades caídas, hechas escombros junto a un hermoso pasado violado por la guerra. Prefacio de un planeta putrefacto que avisa y no se esconde, el cual miramos atónitos mientras intenta destruir toda la artificialidad impuesta bajo unas manos que construyen y vomitan inspiración por miedo a vivir demasiado sin tener una razón.

La película se desarrolla en la década final de los 80’, donde un cúmulo de aires de cambios confluía irrefrenable con aspiraciones de libertad. Alexander Kerner es el hijo de una socialista que ve en sus aspiraciones políticas la solución para superar y contraponerse al abandono de su marido, quien abandonó a su familia en busca de una vida mejor en la zona occidental. Con el decaimiento del muro y la consiguiente capitalización de la zona oriental con empresas como Burger King, empresa donde trabaja la hermana de Alex, se diluyen las fronteras de los mismos alemanes separados por unas diferencias culturales y tecnológicas abrumadoras.

Un año antes de la producción de Good bye, Lenin! Günter Grass publicó A paso de cangrejo (Seix Barral, 2002) donde se refleja la historia de tres generaciones de una misma familia sin padre, quien abandonó a su mujer embarazada antes de el hundimiento del barco Wilhelm Gustloff, el 30 de enero de 1945. En ambos casos se observa cómo, desde la particularidad, la población es capaz de sentirse identificada con pasajes de una vida marcada por el reencuentro de un familiar que cruzó la frontera en busca de otra vida, o de la vigilancia impuesta por el régimen oriental a su población, con interrogatorios, seguimientos e incluso traiciones.

- Es la tercera vez que su marido viaja a un país capitalista.

[…]

- ¿Tiene su marido contactos en la zona occidental?

[…]

- Señora Kerner, ¿cómo definiría la situación de su matrimonio?

- ¿Han hablado con su marido de la posibilidad de salir del país?

(Good bye, Lenin!)

Gracias a la humanidad desprendida por el film podemos llegar a conocer los sentimientos de una sociedad marcada por una línea divisoria e inútil que delimitaba la libertad de una población que buscaba encontrar los cimientos para erigirse como sociedad unida por la tradición cultural que defendía Herder en el s. XVIII y la que defiende Günter Grass por encima de la unidad política, pues la unificación alemana fue, para el escritor, el germen de lo que devendría la consecuencia más horrible de Europa: la Segunda Guerra Mundial.

En la poesía de Günter Grass podemos observar rasgos de la dimensión humana que tomó la escisión cultural y social de posguerra. Si nos referimos a los poemas de Estadio de noche y Fuertes golpes[1] podemos observar una similitud clara en lo referente a la soledad del humano junto a los escombros que tienen que devenir edificios nuevos de un ser con ansias de crecer al compás de su patria.

En el poema Estadio de noche se nos muestra una perplejidad relacionada con el libre albedrío negado al poeta y al ser humano de la censura alemana de posguerra. La libertad entendida como un balón que alcanza el vuelo frente a miles de personas exasperantes y deseosas de que el ave las roce para poder ganarse la liberación esperada de un sueño tormentoso que persiste y del que no son capaces de despertar por las avenencias del destino, que deja sin oportunidad de pelear por el balón al portero (poeta) solitario que ve cómo la inutilidad de sus acciones viene dada por el silbido de un árbitro que le impide actuar.

El poeta que mira, sin posibilidad de acción, el avanzar equivocado de la sociedad, el alter ego de Günter Grass que se observa desprovisto de legitimidad para cambiar las cosas sólo teniendo la posibilidad de observar y reflectar con sus ojos el juego caduco que se observa desde la distancia; el juego que la multitud aclama como aclamaron un líder nacionalsocialista con el deseo de resurgir de los escombros de la Primer Guerra Mundial, con una sociedad expectante de convertir sin paso previo la mediocridad en exuberancia: el camino recto hacia el tirano (árbitro).

Desde otras miras podemos entender el poema Fuertes golpes como una certificación del pueblo alemán que ha sabido sobrepasar la guerra (Primero tintinearon los vasos) y la división alemana como consecuencia bélica en dos zonas delimitadas por la separación de las mismas gentes; la separación, si cabe, en dos frentes humanos tergiversados por el poder político inculcado en la cultura, la educación y en la sociedad (luego nosotros, a dos voces).

Sin embargo, pese a las penalidades que ha sufrido el pueblo alemán Günter Grass termina con un verso cargado de esperanza (pero nada se hizo añicos), sin que importen las cicatrices de los temblores del suelo que luego hicieron temblar a las gentes que sobre él descansaban. La esperanza como el verso último de una sociedad que espera, paciente, a que el mundo que conocieron sea otro distinto donde la libertad prevalga y donde los recuerdos queden reflejados únicamente como metáforas de una piel marcada por los acontecimientos históricos que le ha tocado vivir; las metáforas de la piel escritas por la edad de la libertad: las cicatrices del tiempo.



[1]

Estadio de noche

Lentamente ascendió el balón en el cielo.

Entonces se vio que estaba lleno el graderío.

En la portería estaba el poeta solitario,

pero el árbitro pitó fuera de juego.

(Versión de Miguel Sáenz)

Fuertes golpes

Primero tintinearon los vasos,

luego nosotros, a dos voces,

pero nada se hizo añicos.

(Versión de Eustaquio Barjau)

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