La metamorfosis de Ernesto Sábato

“El hombre es un gusano” – dice Ernesto Sábato (1911 – 2011) parafraseando a Pascal en una entrevista de A fondo de RTVE con Antonio Soler a la cabeza en el año 1977. Dice también: “el sufrimiento es más didáctico que la felicidad”, lo que me conduce a pensar en Mercè Rodoreda y las crisis domésticas a las que tenía que hacer frente la mujer de su tiempo: la debacle personal convertida en una inversión exponencial de la creatividad.

Sábato es crudo. Es la carne abierta por heridas del fuego, enalteciendo sus obras en pos de las muchas que quemó: “hijos abortados” por un orden metódico y racional derivado de sus estudios en el campo de la física, la que le llevaría a un viaje a París que le cambiaría de vida. Pese a lo que él considera una osadía, como es el acto de escribir con la existencia de un autor como Cervantes en la tradición, a los 37 años dejó la ciencia para dedicarse a la literatura en un panorama cultural dinamitado por la irracionalidad de la vida nocturna del París surrealista.

La osadía de escribir. El miedo a crear mundos se encuentra reflejado también en El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (Mondadori, 2011) en la medida que Patricio Pron se considera un autor con una tradición argentina muy pesada a sus espaldas, caracterizada por nombres de la talla de Borges, Cortázar o el mismo Sábato, a quien sitúa por encima de la media cultural en un acto de pedantería resumido en dos páginas llenas de autores desapercibidos; la misma que establece situando al yo argentino-alemán de su última novela en un estrado intelectual superior al de sus padres, quienes leen a Borges, pero no a Sábato.

La crisis del hombre representada únicamente en el arte” – oigo decir al argentino en youtube mientras cojo El túnel (Seix Barral, 1948), el primer – en sus palabras – jardín pequeño publicado (que no quemado), [nouvelette, en las de Micah P. Hinson para referirse a su No voy a salir de aquí (Alpha Decay, 2010) en un intento de distinguir el cuento de la novela corta] empezado en un rincón de la estación de Zurich, en la larga espera de un tren que le había de conducir a las profundidades del yo.

Gran parte de los autores argentinos de nombre internacional han visto su obra marcada por el descubrimiento del viejo continente en un acto de colonización intelectual, apropiándose de la mitología escandinava (Borges), París (Cortázar) o Kafka (Sábato). Este último compartía una vasta admiración por el hombre en su soledad existencial con Albert Camus, algo por lo que el francés se interesó en la obra del argentino. Para el argentino la literatura de un solitario no existía más allá del reflejo de la sociedad que constituía con su drama particular escrito “con desgarramiento”:

El individuo solitario no existe. Existe inmerso en una sociedad, sufriendo en esa sociedad, luchando para transformarla o escondiéndose de sus peligros. El yo como conciencia del mundo.

Cómo averiguar si la vida es un sueño, se preguntaría Descartes a la sazón de La vida es sueño de Calderón de la Barca. En La metamorfosis de Franz Kafka se nos presenta a un hombre transformado en escarabajo, hecho del que se apodera Sábato haciendo recordar al protagonista de la historia, Juan Pablo Castel, un sueño: el dueño de una casa, que Castel creía ser la suya erradamente, le empezaba a convertir en pájaro, sin más, todo el cuerpo hecho pájaro, incluso la voz.

Como Quim Monzó hiciera en una tergiversación del relato kafkiano, en el capítulo XXII de El túnel (Seix Barral, 1948) se nos muestra cómo Sábato juega con una poeticidad kafkiana latente desde sus primeras palabras: “Desperté tratando de gritar”, para que más tarde comprendamos que antes de soñar, ya era pájaro: “la frase que quería pronunciar salió convertida en un áspero chillido de pájaro, un chillido desesperado y extraño, quizá por lo que encerraba de humano”.

En una profundidad más acentuada de la soledad, Castel está absolutamente seguro de que sus amigos no le ven transformado, que no aprecian el cambio ni en su lenguaje. Él mismo, horrorizado, se sabe conocedor – equívocamente despertando de un sueño que no ha acabado – de que nadie, nunca, sabría que yo había sido transformado en pájaro. Estaba perdido para siempre y el secreto iría conmigo a la tumba.” Una ridiculez segregada por la idea de una soledad soñada en su espíritu de artista. Una coincidencia más con el aislamiento que sufrió el argentino cuando decidió desprenderse de su etapa científica para empezar una nueva vida marcada por la literatura.

En la forma que Ricardo Piglia argumenta en su tesis sobre el cuento, Sábato explica dos historias en un solo capítulo. Un ejercicio magistral de dotar unas líneas con las principales características de un jardín pequeño kafkiano, a saber, mostrar dos historias sin explicar la segunda; encontrarse con la punta de un iceberg del que la parte que no sale a flote es lo que debe restar en nosotros, según Hemingway, logrando una profundidad que muestra la otredad inexplicada del cuento. Para Sábato, pensando en Kafka, dentro lo que él distingue como buena literatura, sólo existen unos pocos elegidos:

Los pocos que cuentan, los que obedecen a la oscura condena de testimoniar su drama, su perplejidad en un universo angustioso, sus esperanzas en medio del horror, la guerra o la soledad. Son los testigos, es decir, si atendemos a la triste etimología, los mártires de su época.

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Además, adjunto aquí un fragmento del artículo escrito por Ernesto Sábato en la edición del 9 de diciembre de 1971 del diario Clarín de donde he sacado gran parte de las citas y donde se halla una concepción de la buena y mala literatura marcada por la novela social.

El individuo solitario no existe. Existe inmerso en una sociedad, sufriendo en esa sociedad, luchando para transformarla o escondiéndose de sus peligros. El yo como conciencia del mundo. No ya sus actitudes voluntarias y vigilantes son la consecuencia de esa constante interacción con el universo que lo rodea, sino sus dueños, sus pesadillas, sus mitos, sus fobias, sus delirios, su arte. Los sentimientos, las pasiones, los terrores de ese individuo, por egoísta y misántropo que sea, de dónde pueden surgir sino de esa situación en el mundo que es la condición misma de su existir. Desde este punto de vista, que es el único correcto, hasta la novela más demencialmente "subjetiva" es social, y de una manera directa o tortuosa nos da un testimonio del universo. En suma, toda novela es social. Las novelas no se dividen, pues, en virtud de ese carácter, sino, simplemente, de su calidad: hay buena y mala literatura. Eso es todo, y no hay por qué enojarse, y mucho menos en nombre de Marx, que si no me equivoco pensaba exactamente así, como lo prueban sus elogios al ministro Goethe o al monárquico Balzac.

Las llamadas novelas "sociales" constituyen una subespecie de la mala literatura. Faulkner no es un escritor "social", pero precisamente por eso da un testimonio de la realidad infinitamente más verdadero que el ofrecido por un Howard Fast. No sabemos qué novelistas "sociales" existieron en la época de Tolstoi y Dostoievsky, pues si existieron se los llevó el tiempo, de puro prescindibles que fueron, mientras perduran esos genios que no se propusieron describir la superficie de los hechos sino el corazón del hombre de su tiempo, dejándonos de paso la más rica y compleja descripción de la sociedad en que vivieron. Pero el caso de Kafka es aun más demoledor, pues en sus ficciones no se trata de huelgas en las fábricas de Praga, y sin embargo quedarán como uno de los testimonios más profundos de la condición del hombre. Estos escritores no nos dan una simple crónica, nos dan una visión poética, nos revelan el drama del hombre mediante vastos poemas a veces tan enigmáticos como los sueños pero también, y como ellos, tan verdaderos y reveladores.

Pedirle a la literatura la simple descripción del mundo exterior es no sólo incurrir en los peores defectos del naturalismo burgués, sino que es proponer la falsificación de la realidad, la creación de un arte apócrifo, hecho a base de mentiras por omisión. Porque la realidad, toda la realidad, no puede ser aprehendida por esas calcomanías ni por los meros conceptos. La ficción mantiene entrañables relaciones con el arcaico universo de los mitos y de los cuentos infantiles, con el ambiguo orbe de los sueños: todos ellos dominados por el pensamiento mágico, por la transfiguración de la realidad cotidiana y consciente, por el misterio y por el símbolo. El dilema que un joven generoso y anhelante de justicia social debe plantear no es pues, el de literatura social y literatura individual. El dilema debe establecerse entre lo grave y lo frívolo. La inmensa mayoría escribe por motivos subalternos porque busca fama o dinero, porque tiene facilidad para hacerlo, porque no resiste la vanidad de verse en letras de imprenta, por distracción o por juego verbal. Quedan entonces los pocos que cuentan, los que obedecen a la oscura condena de testimoniar su drama, su perplejidad en un universo angustioso, sus esperanzas en medio del horror, la guerra o la soledad. Son los testigos, es decir, si atendemos a la triste etimología, los mártires de su época. Son seres que no escriben con facilidad, sino con desgarramiento, hombres que un poco sueñan el sueño colectivo, expresando de ese modo no solo sus propias ansiedades, sino las que siente la comunidad en que viven.

Y cuando hablo de literatura grave, también me refiero a escritores como Cervantes o Swift, que de pronto nos hacen reír, pero con aquella clase de risa que termina en lágrimas, como le sucedía a Pushkin oyendo leer a Gogol sus grotescas tragedias. Así como divertimento no es solo lo que hacen los meros humoristas, sino también la mayor parte de la literatura de terror, la totalidad de las narraciones policiales, buena porción de la literatura fantástica, la entera literatura ingeniosa -ese arte para marquesas, para incrédulos y refinados mundanos- y una considerable porción del propio Joyce, ya que tanto se habla de él. No digo que sea de mala calidad, ni que pueda fabricarse con facilidad aunque alcance a ser genial; digo que no es una literatura grave, en el sentido en que lo son Sófocles o Kafka, Proust o Malcolm Lowry, Melville o Tolstoi.

2 comentarios:

  1. (Los vídeos adjuntados son distintas versiones fílmicas de su obra "El túnel")

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  2. … me encanto el capítulo XXII del que hablas aquí: la metamorfosis al estilo Sábato, totalmente.

    Un saludo!

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