Últimas tardes con Teresa en mi adolescencia


La oscura ansiedad para conocerse a uno mismo a veces viene acompañada de una vana suspicacia que irradia su alrededor. Quizás sea el propio espacio el principal culpable de decirnos quiénes somos en una vida de la cual somos partícipes, en la que actuamos monótonamente según nuestro nivel social u ocupación.

En Últimas tardes con Teresa el autor Juan Marsé crea una ciudad capaz de gozar de una dualidad interna que complementa la génesis de los dos personajes principales y antitéticos: Teresa y Manolo. La novela es una visión crítica de la Barcelona del desarrollo industrial y costumbrista, que utiliza a sus ciudadanos para personificar las diferencias sociales entre dos suburbios: el exclusivo e inalcanzable San Gervasio y la mediocre barriada de barracas andaluzas del Carmelo.

Dentro de una misma ciudad conviven dos mundos distintos que se intentan aferrar entre sí resbalando inevitablemente, mediante la rebeldía y osadía de dos personajes que intentan escapar de su destino inútilmente, castigados por la ciudad que les rememora quiénes son y cuál es su lugar. Así pues, podemos afirmar que otro de los grandes protagonistas del argumento de la novela – metafóricamente hablando – es una ciudad, la capital condal donde conviven el pueblo obrero y familias burguesas, Barcelona.

Por un lado, Marsé describe el barrio del Carmelo como un asentamiento de inmigrantes, algunos de ellos delincuentes y de descendencia gitana, que ha perdido el poco reconocimiento que tenía cuándo en él vivían aventajados comerciantes con torres y casas de planta baja con jardines. Pero vas más allá de una mera descripción, va más lejos; se muestra como un arrabal nostálgico de una ciudad que no han conocido, de un lugar insólito que no reconocen: “hay a veces ocasión de ver surgir una ciudad desconocida bajo la niebla, distante, casi como soñada”.

La vocación soñadora de la gente del Carmelo siempre tiende a mirar la próspera ciudad con unos ojos entristecidos a la que acuden soñolientos; espejismo inalcanzable para los de su clase. Ven en la ciudad un lugar de oportunidades más allá de las fábricas, la deseada tierra prometida por la que sus antecesores cruzaron media península y que ahora ven que no está ni al alcance de sus miradas siquiera.

Los mismos sueños, no nacidos aquí, sino que ya viajaron con ellos, o en la entraña de sus padres emigrantes. […] Consideran con desconfianza el inmenso lecho de brumas azulinas y las luces que diariamente prometen, vistas desde arriba, una acogida vagamente nupcial, una sensación realmente física de unión con la esperanza.

Fruto de la materia de esos sueños, Marsé engendra un personaje rebelde que quiere romper con los moldes de la sociedad siendo la voz y espíritu de su barrio, lo más parecido a las cometas de los niños del Carmelo, que actuaban como estandarte guerrero anhelando libertad, harto de verse rebajado a un estrato social ridiculizado.

Tal quimera intentará emprender con el intento de adentrarse en el ámbito burgués haciéndose pasar por un líder obrero que intentará seducir con sus armas de “melancólico embustero y tenebroso hijo de barrio” a una muchacha inocente, rubia de pelo y de piel dorada por culpa del sol de las mañanas libres del humo de las fábricas; resumida en los ojos del autor: “deliciosa”.

Frente a este suburbio de habla andaluza se teje una pantalla invisible que priva a su gente de disfrutar de unas oportunidades inconcedibles para ellos, de las sensaciones más gratas de la ciudad. Unas ilusiones al alcance de una mirada que, a su vez, se disuelven al entremezclarse con el aire putrefacto del barrio de las ratas obreras, entre el aire corrompido por las chimeneas humeantes de las fábricas que impiden ver más allá de un rostro difuminado encima de una motocicleta, quizás robada, que intenta travesar la neblina que cubre las miradas de su gente para penetrar en ella intentando engañar, con osadía aunque oníricamente, al destino de las melancólicas miradas de niños perdidos del Monte Carmelo; mirando por el cerrojo de la realidad lo que hay más allá de un enjambre de chabolas y a quien se le entregan los sueños de un barrio.

Pero esa atmósfera de conciliación plenaria, de indulgencia general aquí y ahora, que en domingo permea la ciudad igual que un olor a rosas pasadas, al Carmelo apenas llega.

Una vez cruzada la neblina, en otro paraje, en otra ciudad más nítida y de aire más limpio, encontramos a una Barcelona acomodada llena de familias de clase alta que viven provechosas de su condición social y en la que encontramos a una magnífica criatura. El mito de la inocencia femenina que se deje llevar por el lado oscuro de una realidad que no es la suya, que vive cansada de la realidad de su clase, la acaramelada, pueril excepto en el marco político, una progre universitaria que juega a entender el mundo cansada de sus caprichos, la adictiva burguesita, Teresa.

Porque sí… No sé – suspiró –. Qué raro es todo esto ¿verdad? Tú y yo aquí, tan tranquilos, y hace un mes ni siquiera nos conocíamos […] Si en casa, si mis amigos supieran que salgo contigo... – Soltó una risita nerviosa y divertida –.

La rica – en todos los sentidos – muchacha barcelonesa actúa en la novela como objeto de personificación de un barrio de San Gervasio que se despreocupa por todo lo que no sean sus negocios o empresas, sus vísceras vitales. Un suburbio harto de antojos ofrecidos con suma facilidad donde los jóvenes visten con camisas simples hartos de usar trajes diariamente, hecho que hará ver a Manolo que los niños “son más ricos de lo que pensaba”; miembros inutilizados de una clase sin escrúpulos que tiende a buscar, mediante Teresa, la parte desconocida de una ciudad que ignoran, desprecian y de la que generalmente se alejan inconscientemente.

La personificación de ese suburbio burgués es una criatura nerviosa que se excita ante la parte viril e incierta de la ciudad que, con unos ojos progresistas, intenta observar una realidad de la que no es partícipe y de la que no logra ver más que la estructura difusa de unas fábricas aunque intenta penetrar en ella mediante Manolo. Detrás de éstas, la pobreza y desdicha de unas personas soñolientas intentan resguardarse de sus existencias, como si de una tormenta se tratara, mediante una esperanza, un estandarte guerrero, el personaje que, mientras Teresa duerme en sus ideas progresistas con el eco de un bolero intrigante, se cuela en una fiesta de San Juan para empezar a abrir brecha: El Pijoaparte.

Ahora, Teresa le daba de nuevo la espalda y estaba muy atenta al silencio de la noche; aún pretendía captar el eco de la motocicleta del murciano, mientras la canción del transistor, desde una estremecida lejanía, desde cielos más placenteros, también confesaba:

… me dijo que la noche

guardaba entre sus sombras

el eco de otros besos

A su vez, ambos personajes aparecen como elementos quebrantadores de situaciones donde se ven inmersos en medio del mundo contrario al que pertenecen, figuran como piezas de una realidad donde descuadran y donde no consiguen encajar bajo ninguna circunstancia. Como, por ejemplo, cuando Manolo entra en la entusiasmada fiesta del barrio de San Gervasio a principios de verano, o bien cuando Teresa va a buscar a Manolo con su Floride blanco descapotable para informarle sobre el estado de Maruja, la criada con quién había mantenido una relación, más bien de cama.

De hecho, la historia de Teresa y Manolo no es más que un pretexto para hablar de esos dos mundos sociales tan distintos. La relación entre ambos se establece mediante una historia sentimental que, si bien en un principio se basa en un equívoco ideológico, luego la idea política por la que ha sido seducida ella y el afán de mejorar de clase social e imagen de él, se transforma en una relación amorosa de raíces corpóreas y humanas que, melodramáticamente, acabará por culpa del abismo entre clases que les separará y que convertirá su sueño en un romance de verano donde los sueños y esperanzas de una vida mejor, aunque fuera solo por unos meses, cobraron una fuerza inexplicable movida por los hilos de un amor que la realidad cortó inexorablemente.

Alguien que sonrió incrédulo, mirándole burlonamente, casi con pena; […] él sospechó ya entonces que lo más humillante, lo más desconsolador y doloroso no sería el ir a parar algún día a la cárcel o el tener que renunciar a Teresa, sino la brutal convicción de que a él nadie […] podría tomarle nunca en serio ni creerle capaz de haber podido ganar su amor.

La gran antítesis de los dos barrios de una misma ciudad que se ven personificados por los dos grandes protagonistas de la historia separados por una mampara invisible, a veces caracterizada por una ligera neblina que distorsiona los cuerpos e imágenes, es la parte más importante de la novela, a partir de la cual se desarrollan dualidades secundarias sobre la caracterización de Teresa y Manolo.

Para finalizar, debemos dar la importancia que se merece la gran narración del autor Juan Marsé, creando una novela con una técnica mediante la cual nos metemos en la conciencia del protagonista aparcando la nuestra a un lado por un tiempo de disfrute de unas páginas adictivas, con el juego de narradores omniscientes y en primera persona que nos adentra en la historia observada desde todos los ángulos posibles, para adentrarnos más adentro entre las olas crispadas del tiempo barcelonés.

En palabras de Antonio Soler, quien considera la capacidad de seducción de las novelas como un elemento que las eleva a categoría de obras de arte: “No hay pesos ni medidas que puedan calibrar el embrujo de un fabulador, hay un ritmo oculto, una mirada, un quiebro en el relato, un adjetivo, y también una palabra que no se pronuncia, un silencio.” Y precisamente eso es lo que consigue con Últimas tardes con Teresa el barriobajero creador de historias, un auténtico fabulador.

Con Últimas tardes con Teresa hemos podido llegar a la conclusión que nuestro entorno es quien nos dicta nuestros anhelos, nuestras quimeras, nuestras aspiraciones y, quien nos recuerda, que no somos nada más que marionetas estereotipadas encerradas en una jaula de la que únicamente podemos escapar pervirtiendo oníricamente a la realidad.

Fugazmente de acuerdo con el espíritu de cierto verano […] había venido buscando simplemente una confirmación a lo que sabía, […] desde la primera noche que estuvo aquí con Teresa defendiéndose contra todos a fuerza de embustes y a golpes de chulería, la había llevado escrita en sus ojos sardónicos de una manera cruel e irrevocable.

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