Las noches de siempre, un poco de realidad.

Seguro que alguna vez habéis entrado en una sala de baile. Ésas en la que gente se pone nerviosa y delimita su gusto en apenas dos segundos que dura la mirada: ver para declinar. Salas llenas de luces multicolores sin el confeti de Marsé y de las festes majors. Solamente vibraciones expuestas a los cuerpos de los transeúntes que se acoplan en la pista (a lo nazi, como campos de exterminio) para demostrar sus virtudes más extravagantes, incluso talentosas, de algunos movimientos de cadera que denotan el desuso nocturno inaplicado en la cama. Pues en una de ésas, las que ahora llaman discotecas, sí, esas salas, entro una vez cada dos semanas para ver cómo cambia el panorama social. Puede que esté seguro de dos cosas antes de entrar. Sin embargo, por otro lado, siempre procuro despojarme de flashforwards para clamar una obscenidad o la sorpresa sencilla de dos rasgos, de los que hablaba.

1. Entro y miro los altavoces, cómo saltan encantados. La gente que baila aguanta el ritmo en las retinas de sus oídos y cuando las vibraciones pasan por el paladar de las orejas, como una voluntad misteriosa, frenética y aguardada, las piernas cogen un ritmo acompasado por el vaivén de caderas de distinta forma, tamaño e incluso sexo. Los altavoces estallan en ondas expansivas de emotividad y movimiento que se traslada a las carnes de las personas.

2. Un movimiento animal genuino de la sociedad, me digo. Animales que no entienden de celo ni de estaciones pero sí de instinto. Machos en manada con cuernos increíbles escondidos en las faldas de la falsa modestia femenina que te mira con cara de perra y luego finge ser cervatillo. Putas asesinas que esperan a peinados de Telecinco para hacer sus labores y limpiarse en sus bocas como si fueran bidés.

Lo más cruel es que la gente considerada tender topic se esconde de esos antros, o no sé. Con las personas tender topic quiero decir, ya saben, las tías buenorras que son inteligentes, esas que existen en las carreteras secundarias pero que nadie nunca les ha tendido un papel antes que un billete, y no van a tirar el dinero, por dios. Nunca consigo entablar una conversación con la tía buena de la barra porque suda de tíos que hablen, ella sólo quiere acción, quiere un meneo que no se consigue con el sonido de esos cuerpos multivatios que ofrecen un cable, que no hilo, musical de dos metros de grosor. Entonces salgo a la calle y me enfrento a los porteros. Ni un tatuaje gratis, no, me marcan en el brazo un dibujo de tinta que se marcha al ducharte. Me siento animalizado. Volteo la avenida para ver si existen las tender topic pero ni rastro, o no sé. Me mentalizo que será una noche de mierda como las demás. Vuelvo al meollo. Muestro mi tatuaje nocturno a los leones de las puertas de Ishtar y de Micenas y me sumerjo entre la podredumbre insustancial del sonido eléctrico.

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