[Disección] DRIVE (2011), de Nicolas Winding Refn


En estos días de Navidad la principal atención mediática para los cinéfilos ha recaído sobre una de las promesas del fin del cine mudo: su reaparición. La película The Artist del director Michel Hazanavicius se ha llevado claramente el protagonismo de la industria ante la pretensión de hacer frente a gigantes usurpadores de la vieja escuela y partidarios de una nueva forma de hacer cine que, más que talento artesanal, es efecto industrializado, esto es, el 3D.

Sin embargo hoy no vamos a hablar de The Artist ni del cine mudo en su ampliación, ya que, pese a mis ganas, todavía no he podido ir a ver la película en cuestión y, en detrimento de ésta, he gastado mi tiempo viendo Drive, recientemente estrenada. Gastar el tiempo es decir, de un modo desafortunado, enriquecerlo. No soy devoto de la películas de acción pero ésta esconde una carga misteriosa en su metraje, ¿qué habría pasado si nos hubieran contado la historia del chofer de Micheal Corleone al salir de la pizzería (curiosa coincidencia con la pizzería de Nino, detalle sin más) donde mata al Capitán Mumccluskey? Drive es la historia de la sombra, de un segundón con una técnica especial.

La sutileza de la expresividad de un rostro mudo, con apenas una línea melódica que acompaña al personaje, es abrumadora. Cuántas veces hemos oído el verso del poeta diciendo que es mejor callarse a mostrar la rudeza, callarse a romper la fragilidad del silencio, a romper la sombra del sonido que aguarda mansa. La sombra del personaje es lo que realmente valía para aquellos iniciadores del cine hollywoodiense. El blanco y el negro, el doppelgänger, los dualismos platónicos, el ying y el yang, todos ejemplos de dualidades eternas que se han podido reflectar a la medida de la escritura y, por ende, de la gran pantalla.


Ryan Gosling, el protagonista de Drive, encarna todas esas cualidades y caracteriza al protagonista de la película del danés Nicolas Winding Refn como el mejor Chaplin. Si quiere hacernos sonreír, lo logra. La morfología de las emociones transpira en las pupilas de este actor que rezuma talento por los ojos. Actor que en el film no tiene nombre porque no lo requiere, forma parte de su personalidad no dejarse llamar por nadie y por todo el mundo a la vez. En cierto modo, y al escribir esto sonrío, me ha recordado al personaje infantil de Lucky Lucke, apareciendo de la nada con su fiel caballo y con un hierbajo en la boca, pues el caballo de compañía de Drive es su coche, ese dulce recuerdo a spaghettis en los films de Leone donde el joven Clint clamaba una mirada agria a la vez que aguantaba el puro con los dientes para ahuyentar las balas.

Un objeto entre los dientes puede ser muy significativo para el desarrollo narrativo de una película, incluso un palillo, el que aguanta los labios de Drive y que desaparece cuando empieza el embrollo violento, como si de una granada se tratara. Mientras Drive lo conserva, calma sus ánimos y su lado más turbado no sale a flote hasta que se deshace de él, y explota. El hombre inocente sin nombre al que le pagan menos de lo que deberían exhala fuerza contenida con ganas de estallar, desprenderse de todas las contrariedades, mostrar sus ideales y dar la cara.

El palillo de madera sólo puede semejarse a la bala en un sentido, en el de la bondad natural contra la maldad del metal frío. El niño recibe un regalo en distintos momentos que acompasan perfectamente el tempo del film. La denotación de una época feliz acompañada por el palillo de Drive y la posterior bala entregada por Cook y sus matones cuando, la negrura de la sangre seca empieza a relucir en la película con un escorpión que brilla cada vez que ve en peligro su fuente de amor, el grabado en el dorso de la chaqueta de Drive con tonalidades doradas. Símbolo, a su vez, que caracteriza al protagonista en los momentos de más acción, como una epidermis necesaria. La respiración y el brillo de la bestia van perfectamente ligados a la aceleración del pulso y respiración del conductor; al sudor venenoso que resbala por la frente del protagonista cuando las puertas del ascensor se cierran, creando una barrera a lo que, por otra parte, el escorpión también necesita, ser comprendido.

Pese a todos los elementos que hemos visto, el del ascensor es el más clarividente en lo que a clímax se refiere. Donde Drive llega al punto álgido de su violencia, eso sí, anteriormente alimentado por el beso inesperado, manipulado, y matar cuentas: la pendiente (oh, amor amor) y la presente (crujido óseo). Asimismo, en el ascensor es donde se puede situar toda la acción amorosa de los protagonistas mostrando una clara dualidad entre la subida y la bajada. Cuando el ascensor sube las sonrisas permanecen en sus rostros y existe un aire desconocido, agridulce y oxidado que exhala ansias de amor. En el caso contrario, mientras bajan acompañados del secuaz de Cook, la acción se desarrolla más frenéticamente, teniendo el cambio de tempos en el beso de los protagonistas, donde se muestra un eterno baile de enfoques y emociones y detalles antes de reventarle el cráneo y pasar a un dinamismo exacerbado, como la pasión por la técnica del director danés.

En la presentación de Contra la postmodernidad de Ernesto Castro en Barcelona hace escasamente un mes, Antonio J. Rodríguez y Eloy Fernández Porta bromearon acerca de las películas porno y cómo entrar de golpe en un debate y/o conversación. Éste es el modo como entramos en Drive, un inmedia res, sin embargo, que se ve paralelamente ligado a la falta de nombre del protagonista, como si se lo hubiera dejado por el camino. Como ahora, con su caballo en marcha, se despide de los espectadores sin dejarse conocer. Solamente sabremos que fue un héroe, como nos induce la canción final de la magnífica BSO del film (excelsa), y que nos deja una película merecedora del aplauso que no se hizo en la sala donde me encontraba junto a cuatro personas más.

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