Consciencia y temporalidad (I)

Quien puede decir: «mi tiempo» divide al tiempo, inscribe en él una cesura y una discontinuidad: y, sin embargo, justamente a través de esta cesura, de esta interpolación del presente en la homogeneidad inerte del tiempo lineal, el contemporáneo pone en obra una relación especial entre los tiempos.

(Giorgio Agamben)


Consciencia y temporalidad de nuestro tiempo (I)

La música siempre – taxonomía celebérrima – ha ido un paso (o un par más) por delante de la poesía en tanto que expresividad y capacidad de transmitir emociones. Hasta aquí no hay nada nuevo. En cierto modo leer una palabra es leerla en la cavidad carnosa – sesosa si se quiere – del propio cuerpo que acomete la acción. La musicalidad que existe en ese leer o mencionar siempre – ojo con la palabra – siempre ponderará el sonido de las letras inconscientemente pasando por delante del significado que, más tardíamente, adoptan y prenden las notas de la pantpágina (para abreviar en sintonía con Vicente Luis Moro y El imperio eres tú, internet) hecha pentagrama por el poeta.

Surfing por la red con música (como ruido) de fondo leía el último post de I fake Roger rabbit en el que Unai Velasco se plantea un par de ideas sobre ser moderno y las posibilidades de reflectar dicha modernidad en las letras con “internet o la ubicuidad espaciotemporal” que, asimismo, él niega como recurso demasiado explícito para usar en su poética. En su personal debate se habla sobre música y capacidad de transmitir la condición del tiempo moderno, incapaz e inútil para el lenguaje explícitamente turbado por la consciencia de temporalidad. De hecho, podemos oír los ecos de Schopenhauer en todo este tema, quien ya decía que “la música puede ser comparada con una lengua universal, cuya cualidad y elocuencia supera con mucho a todos los idiomas de la tierra”.

¿Hasta qué punto somos conscientes del tiempo que vivimos? Como pobladores del presente indómito creemos conocer de antemano lo que va a suceder, acostumbrados a las malas consecuencias que tiene el paso de la mano humana en todas las cosas. Viviendo en el presente todavía no somos capaces de transcribir qué significa dicha espontaneidad. No creo que hayamos de indagar en ello porque serían términos que se nos escaparían de las manos. Jugaríamos a ser hombres del Renacimiento y a moldearnos según nuestras percepciones (como hacemos inconscientemente en las relaciones con terceros) a nuestro placer, como creía Pico della Mirandola.

El concepto de “modernidad” ha sufrido muchas violaciones desde que se entiende – des del siglo XIX – como captación del sentido o palpitación – en términos de Baudelaire – del presente iluminado por la luz eterna que conforma la tradición, de la que formará parte algún día si ha conseguido su propósito, a saber, reflejar su tiempo sin caer en la historicidad. En la línea del italiano Giorgio Agamben en su ensayo ¿Qué es lo contemporáneo?, “la contemporaneidad se inscribe en el presente y lo marca, ante todo, como arcaico, y sólo quien percibe en lo más moderno y reciente los indicios y las marcas de lo arcaico puede ser contemporáneo”. Aquí tenemos un factor interesante.

Actualmente pretendemos ir de nerds y delimitar, a sabiendas, la cronología cultural de nuestro tiempo a placer, con instrumentos ideológico-culturales tachados de obsoletos por su insuficiencia. ¿Cómo podemos ser capaces de negar y ser conscientes de las repercusiones de ello al mismo tiempo? Ahí la magia del tiempo o, tal vez, nuestra ansiedad de conocimiento dirigiéndonos una y otra vez en direcciones que dentro de unos años tildaremos de trash, del mismo modo que un artículo de la revista mejicana El Replicante rezaba: “La cultura pop es una mierda”.

A la vez que juzgamos, pretendemos ser conscientes del tiempo en que vivimos como seres interhistóricos. En una entrevista de El Cultural publicada hace apenas un par días, Vicente Luis Mora decía que "el peor pecado de un escritor es no estar a la altura de su tiempo". Desconozco qué pensaba el senex cuando hablaba pero se me vienen a la mente dos contrariedades: 1) el pecado de un escritor por escribir a destiempo como si solamente existiera un canon del presente posible; 2) cómo se puede ser consciente de estar a la altura de su tiempo sin caer en el abismo de la historicidad.

Si un escritor se dispone a escribir con conciencia de tiempo más que con imaginación se convierte en un cronista del presente sin ninguna dosis de creatividad más allá de términos ensayísticos. Siguiendo las palabras de Agamben: “aquellos que coinciden completamente con la época, que concuerdan en cualquier punto con ella, no son contemporáneos pues, justamente por ello, no logran verla, no pueden mantener fija la mirada sobre ella”. Debemos de permanecer en la inconsciencia temporal que nos ha caracterizado, sin poder llegar a la comprensión total del tiempo que empieza a hervir cuando nos metemos dentro. Sin pretensiones demasiado excéntricas; sin caer en los ánimos ilustrados de concebir una nueva terminología con afán de innovación y sobredimensionar el tiempo.

1 comentario:

  1. Agamben, Man Ray... Sin duda eres un bogardiano potencial, te esperamos...

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