¡Oh, Marilyn!


Quiero pensar en el sinsentido de las cosas,
en imaginarme libros sin poemas de comida rápida
con bocas llenas de sal de fruta ENO.

Mirar a Marilyn colgar de la pared,
coger una brecha, arrancar el rostro aburrido
y ponerlo ante mí, des(kitsch)ear a Marilyn,
despintándola con las manos
sumergidas en el amarillo gore de su pelo.

Y entonces
dibujarnos incomprensibles,
como fuera del tiempo,
como parecer un Pollock guarro
que la desnuda con un gesto.

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