Unas palabras para la enfermedad (al modo Piglia)


"Fue la experiencia más espantosa que nunca he tenido". Leo estas palabras sentado en el suelo de mi loft. Hay cuatro paredes desnudas mirándome sin pudor. Paredes que rompen la soledad de la Nada. Puedo ver a Agatha Christie cocinando, batiendo huevos y haciendo una omelette en la cocina de mi loft donde no hay cocina. El aire gélido entra a través de las ventanas cerradas que más que ventanas son orificios tapados con corcho de las botellas de vino que no están. No hay lugar por donde pasar, todo está lleno de Nada, no hay espacio, no hay lugar. El loft no tiene oberturas grandes ni tampoco puertas. El blanco de las paredes albinas seca mis sesos y los palidece como el color decretado puro y inocente y divino. Compro, luego existo. La ropa es la única identidad que me queda entre estas pieles blancas que me deslocalizan. Mi ropa es el punto y aparte de un armonioso papel en blanco que horroriza. Sólo recuerdo "Fue la experiencia más espantosa que nunca he tenido". Sé que estas palabras fueron leídas a mucho tiempo, eran de un libro de medicina o de un hipervínculo conexo a wikipedia. Las leí hace décadas, con el rostro de mi mujer al lado, cocinando mi omelette preferida en su tanga de hilo dental. Recuerdo, entonces soy más que ropa y me refugio en saber recordar para existir. La calma amanece sin sol. Camino entre el silencio del loft cuando mis pies encuentran un libro abierto en una página impar. Un libro untado por una yema de huevo que me resbala del pantalón. Leo sus palabras sentado en el suelo de mi loft: "Fue la experiencia más espantosa que nunca he tenido".

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