Don DeLillo y el teatro hecho reflexión

Desde los inicios del estudio de la crítica literaria, en la época de Aristóteles, se ha concebido la ficción como mímesis, o imitación artificiosa de la realidad de la que se regocijan aquellos entes capaces de discernir la poética de humor negro que genera. Alfonso Reyes aportó una explicación esclarecedora en el sentido de la crítica aristotélica, entendiendo la ficción como una reestructuración o agrupación de elementos de la realidad convencional. Para algunos el jugo de leer novelas es la gran incógnita para discernir el autor del personaje y su atractivo reside en entender la literatura como algo sospechoso, sin llevar tal sospecha al extremo platónico de no querer poesía (literatura) en su República, considerándola engañosa.

El cambio de las personas – pese a su finitud mortal – reside en reinterpretar la tradición literaria, de aquí la importancia de leer a los clásicos y la gran posible aplicación que siguen teniendo en una lectura híper-post-posmoderna. A la manera de T.S. Eliot, el arte nunca mejora, nunca es el mismo, y es la mente cambiante de la sociedad (o minoría) lectora con una conciencia del pasado (tradición) que debe saber desarrollar. Borges corroboraba esta condición de la literatura, "la poesía es cada vez una experiencia nueva que surge cada vez que leo el poema, pues el arte sucede como algo misterioso". El lenguaje cambia y el lector está cambiando, somos tan mudables y evanescentes como el mismo río al que no podemos bajar dos veces. Y en este sentido debemos recordar, despertar según Borges parafraseando a Baudelaire, a los poetas dormidos de la tradición.

En el último siglo han aparecido grandes narradores bajo la estela del Tío Sam y el mito de la Gran Novela Americana, herederos de la tradición situada desde las historias de Mark Twain, las aventuras de un Hemingway europeizado y, ahora, bajo la atenta mirada de Harold B(l)oom Literario. Con la muerte de David Foster Wallace, uno de esos Grandes Narradores, la narración posmoderna quedó huérfana de su máximo representante, dejando por escrita una Infinite jest (1996) considerada en la paradójica lista de siempre entre las mejores novelas de habla inglesa: All-Time 100 Greatest Novels list (covering the period 1923–2006). Las obras de Foster Wallace hacen vomitar de realismo a la sociedad americana actual y, por consiguiente, a todo lo que representa ser evolución del capitalismo americano, reflejo del mundo. En otra instancia y dejando atrás al Gran Perro Mordiente (me tomo el cariño y la licencia), Don DeLillo es una de las máximas autoridades literarias dentro del panorama norteamericano.


Con un gran surtido de novelas publicadas desde Americana (1971), ha contribuido a la ampliación de la Buena Literatura americana a modo de reflexión de la sociedad con obras como Los Nombres (1982), Ruido de fondo (1985), Submundo (1997) o Punto omega (2010), compartida en cierto modo con Foster Wallace, y a la imagen idolatrada de un tipo de literatura en auge, que ha ido en expansión desde la sorprendente pre-adolescente Lolita (1955) de Nabokov, aunque bien podríamos bifurcarnos en la novela erótica de D.H. Lawrence. Pero focalicémonos en el tema que nos concierne.

Lo que venía a ser el tema de este post era la lectura reciente de Teatro (2011), una compilación de cinco obras teatrales escritas por Don DeLillo en una excelente traducción de Ramón Buenaventura y Otto Minera, publicado evidentemente por la editorial delillesca por excelencia, Seix Barral. Podemos separar estas cinco composiciones en dos bandos claros: en primer lugar nos encontramos con tres piezas de gran valor narrativo, hipnótico y cercano al teatro del absurdo de Beckett, Pinter, Artaud o Ionesco. La habitación blanca (1986), su primera comedia, refleja el sudor frío de la incertidumbre muy aplicable a los tiempos actuales, así como una bipolaridad – doppelgänger – ya tópica y heredera del hombre convencional que rehúye del misantrópico. En segunda instancia nos podemos centrar en dos piezas brevísimas pero de intensidad abrumadora donde la inteligencia y la delicadeza de Don DeLillo aflora presentando acciones cuotidianas provistas de una significación sutil y precisa. Se me viene a la cabeza un ejemplo con el que hacer una comparación juiciosa y sana. La publicación reciente por Mondadori y de lectura obligatoria: Ejército Enemigo (2011) de Alberto Olmos, que si bien no es teatro, también es el retrato de un personaje perdido entre los abismos del presente. En el campo del cine podemos encontrar ejemplos en Buñuel o en David Lynch.

[Se debe tener en cuenta, además, la representación más que recomendable de esa belleza sutil de dar a conocer mediante el teatro para concienciar de un modo subliminal lopesco (o si miramos, en arte, las obras de Esteban Murillo) a la población no desprovista de cultura, sino la enajenada hacia ella y, por ende, la falta de moralidad que supone tal alienación. Nos hemos centrado en el marco teórico de la literatura con pizcas de crítica social actual novelada. Aún así, existe la comparación entre el Siglo de Oro y el Barroco Penoso Actual que está en las calles. Juan José Millas ha publicado este mismo año una compilación de breves relatos que navegan entre el cuento y el periodismo donde afirma que la crisis actual alimenta a la creación, ¿estamos ante un nuevo Siglo de Oro? ¿La Generación Perdida y las Generaciones Aún Por Nacer-Perderse serán nuevos Góngoras y Quevedos de menos sonetos y más ataques a las narices pegadas a las caretas que nos muestran los políticos? ¿Somos la Generación Que No Quiso Vivir En El Pasado? ¿La Que No Quiso Nacer?]



Esta excelente compilación teatral retrata muchos aspectos del actual fallecimiento de la conciencia, donde lo absurdo representa mejor que la verdad el realismo de nuestra sociedad. Al modo que Borges consideraba la poesía, como un placer de la vida siempre existente, en todas partes, a punto de surgir pero jamás definible, porque sólo podemos definir algo cuando no sabemos nada sobre ello. Con la ayuda de la “hiperficción” que otorga Don DeLillo a sus piezas teatrales consigue crear una vía de escape a la propia definición anhelada. Sólo nos queda la ocasión, como diría Borges, para la belleza poética que reside en un libro, disfrutar del sueño deliberativo que es la literatura, o apretar el botón rojo de alarma.

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