18 mayo 2013

El Minnesang


El lirismo consagrado a la quintaesencia del amor

Entre la “obscurité profonde [que] enveloppe la naissance et les premières manifestations de la poésie lyrique allemande[1] se divisa a partir del s. XII una pequeña luz, que es un sentimiento cantado, y que emerge para quedarse; la concepción de un amor personal, parafraseando a André Moret, tras una forma literaria que amalgama los aspectos más profundos de la emoción humana como son el deseo o la decepción. No obstante, es una luz rodeada de entresijos que oscurecen la verdadera situación geográfica, social y cultural[2] donde se adecúa un nuevo género al que erróneamente se ha sintetizado como la unión entre la poesía caballeresca y la lírica cortesana[3] alemana: el Minnesang.

            El término Minnesang, tardíamente escrito por Walther von der Vogelweide, tiene un significado esclarecedor en sentido recíproco: un sang (canto) consagrado a la Minne (amor concupiscible), lo que significa el género por excelencia dedicado “à une conception quintessenciée, sublimée et subtilisée de l’amour[4] llevado a cabo de forma escrita y musicada[5] por el Minnesinger (o Minnesänger). Sin embargo, juntamente con las diversas teorías sobre sus sus inicios[6], sorprende que la elucidación de dicha terminología reúna consigo una temática disímil en su origen: la mujer es “l’être inférieur sollicitant l’amour de l’homme[7].

El lamento femenino (Frauenklage), es el símbolo de la debilidad que no tiene cabida en la sociedad y a su vez remite a la ficción de la que se nutre el Minnesang. En esta misma imbricación temática, se caricaturiza al paladín que defiende al débil y es agradable con la dama. Entre las figuras que recogen la primera etapa del género se encuentran poetas anónimos que escriben indistintamente con voz poética masculina o femenina, o el Minnesinger Kürnberger[9], quien en unos versos muestra, con ironía, cómo un caballero idealiza tanto a la dama “que llega incluso a no pensar en gozar de sus favores”[11].

La evolución temática del Minnesang viene irremediablemente concretada por la concepción de la Minne. Si en Kürenberg tan solo significa amor, en la Edad de Oro[12] del Minnesang, es una aspiración noble, con una casi divinización. Este avance temático está claramente marcado por la herencia franco-provenzal, que influye el Minnesang a partir del s. XIII generando la etapa áurea. Su influencia radica en distintas variantes que afectan la inserción de la melodía típica de la canción trovadoresca[13], un amor semejante al del juego trovadoresco donde la voz poética lamenta un amor no correspondido y la resituación de la dama.

Sin embargo, hay una diferencia esencial que enaltece el lirismo alemán: el Minnesinger ama la dama como personificación de la belleza, aun no poder gozarla, como una premonición de los versos de Kürnberger. La ficción de la que se nutre es una imagen irreal, inalcanzable, con la que únicamente se puede comunicar mediante la canción prescindiendo, a diferencia de la lírica franco-provenzal, del contexto extraliterario.

Miniatura del Codex Manesse -
Imagen de Walter von der Vogelweide

De este modo, la Minne deviene ligada a los conceptos de virtud y nobleza en un amor elevado que Walther von der Vogelweide, el Minnesinger por excelencia[15], culmina apartándola de las regiones inhumanas y considerando la Minne[16] un amor natural donde “elle est en réalité détrônée par une passion conciliant bonheur physique et joie morale[17] imperecedera, llegando a tener un empleo moral como educadora del hombre y canalizadora del bien y la mesura; si anteriormente era suficiente la cercanía de una palabra o de una mirada de ella para transmitir el amor, ahora se requiere la idea.

Siguiendo esta línea claramente evolutiva, la temática a su vez renueva las capacidades del Minnesinger, dotándolo de una singularidad de la que hacer uso en forma de originalidad distintiva apreciada por el público. Walther van der Vogelweide[18], en tanto que ejemplo de originalidad, se sirve de su genio para simbolizar, bajo la influencia de Reinmar El Viejo, las entidades psicológicas y metafísicas de su amor concupiscible, con imágenes plásticas y metáforas sobre la existencia y todo lo que la rodea, como la naturaleza, la vida social o la guerra.

Si el Minnesang est una galaxie […] d’étoiles confondues et perdues dans l’éloignement”, el amor habita entre ellas. Walther pudo hacer más cercana la idea, pero no más tangible. En la lírica alemana persiste una concepción de la Minne que no encontramos en ninguna otra tradición europea medieval y que es capaz de salvarse de las sombras platónicas: las influencias y las renovaciones, para devenir un elemento enaltecedor del género que ya se predecía con su nombre: canto a una estrella.



[1] MORET, André; Les débuts du lyrisme en Allemagne, Bibliothèque Universitaire, Lille, 1951, p. 15.
[2] Como muy bien señala el catedrático Victor Millet Schröder, entre los principales problemas para conocer de lleno el Minnesang se encuentran las grandes dificultades para situar la situación geográfica y cronológica de algunos poemas y autores debido a la ausencia de nombres topográficos.
[3] Ibíd., p. 18.
[4] Ibíd., p. 22
[5] Otro de los problemas reside en el apartado musical. Los cantares que reúnen dichas obras no incluyen las partes musicadas ni las melodías escritas, lo que construye otro percance para su estudio, planteando problemas irresolubles a ciencia cierta sobre su transmisión.
[6] Existen teorías que ligan al Minnesang a las tradiciones: autóctona, provenzal, latina o incluso árabe.
[7] Ibíd., p. 22.
[8] Kürnberger, como primer nombre conservado de la poesía lírica profana alemana, sirve de puente para explicar la evolución estrófica del Minnesang, ya que se le atribuyen canciones monoestróficas, característica primitiva del género, y canciones poliestróficas o Weschel (evolución con una alternancia de monólogos masculino y femenino en una misma canción sin dialogar). Para conocer la evolución estrófica y métrica del Minnesang me remito al artículo Poesía amorosa alemana: siglos XII a XIV del catedrático Víctor Millet Schröder.
[9] DRONKE, Peter; La lírica en la Edad Media, Editorial Ariel, Barcelona, 1995, p. 141.
[10] La etapa de Reinmar El Viejo y Walther von der Vogelweide, situados en el “Éte” y Le plein été” en la terminología de André Moret, puede considerarse la Edad de Oro del Minnesang. En ocasiones los investigadores han preferido trabajar la rivalidad entre estos autores tratándolos como maestro y el discípulo que lo supera.
[11] Como hemos mencionado anteriormente, todo aspecto pertinente a la música es de difícil comprobación debido a la ausencia de anotaciones musicales en los cantares.
[12] La maestría de Walther von der Vogelweide es tal que después de su aparición el Minnesang entra en declive porque nadie era capaz de superar su aportación al género, tan sólo imitable.
[13] En su variación de términos y pseudónimos, la Freude.
[14] MORET, André; Les débuts du lyrisme en Allemagne, Bibliothèque Universitaire, Lille, 1951, p. 161.
[15] Este Minnesinger considerado el más grande trabajó, además del Minnesang, otro tipo de géneros, abriendo un abanico de posibilidades para la lírica alemana. Para saber más sobre su evolución poética remito al “Chapitre IX – Plein éte: Walther de la Vogelweide” de Les debuts du lyrisme en Allemagne (1951) de André Moret.

19 febrero 2013

Paco Urondo


La pura verdad

Si ustedes lo permiten,
prefiero seguir viviendo.

Después de todo y de pensarlo bien, no tengo
motivos para quejarme o protestar:

siempre he vivido en la gloria: nada
importante me ha faltado.

Es cierto que nunca quise imposibles; enamorado
de las cosas de este mundo con inconsciencia y dolor
      y miedo y apremio.

Muy de cerca he conocido la imperdonable alegría; tuve
sueños espantosos y buenos amores, ligeros y culpables.

Me averguenza verme cubierto de pretensiones; una gallina torpe,
melancólica, débil, poco interesante,

un abanico de plumas que el viento desprecia,
caminito que el tiempo ha borrado.

Los impulsos mordieron mi juventud y ahora, sin
      darme cuenta, voy iniciando
una madurez equilibrada, capaz de enloquecer a
      cualquiera o aburrir de golpe.

Mis errores han sido olvidados definitivamente; mi
      memoria ha muerto y se queja
con otros dioses varados en el sueño y los malos sentimientos.


El perecedero, el sucio, el futuro, supo acobardarme,
      pero lo he derrotado
para siempre; sé que futuro y memoria se vengarán algun día.
Pasaré desapercibido, con falsa humildad, como la
      Cenicienta, aunque algunos

me recuerden con cariño o descubran mi zapatito
      y también vayan muriendo.

No descarto la posibilidad
de la fama y del dinero; las bajas pasiones y la inclemencia.

La crueldad no me asusta y siempre viví deslumbrado
por el puro alcohol, el libro bien escrito, la carne perfecta.

Suelo confiar en mis fuerzas y en mi salud
y en mi destino y en la buena suerte:

sé que llegaré a ver la revolución, el salto temido
y acariciado, golpeando a la puerta de nuestra desidia.


Estoy seguro de llegar a vivir en el corazón de una palabra;
compartir este calor, esta fatalidad que quieta no
      sirve y se corrompe.

Puedo hablar y escuchar la luz
y el color de la piel amada y enemiga y cercana.

Tocar el sueño y la impureza,
nacer con cada temblor gastado en la huida

Tropiezos heridos de muerte;
esperanza y dolor y cansancio y ganas.

Estar hablando, sostener
esta victoria, este puño; saludar, despedirme

Sin jactancias puedo decir
que la vida es lo mejor que conozco.

Memoria Iluminada: Paco Urondo - Documental Completo - 58'. from Ernesto Ardito y Virna Molina on Vimeo.

26 diciembre 2012

Carnavalesca

JUEGO DE DISFRACES

Vuelta la espalda a un creciente clamor de asentimiento que invade
la platea, navego con vacilación un estrecho cuarto de luces y el
camarín de la estrella, dejado intacto en su crepúsculo de noche
resonante y con la misma argolla aún, sujetando los muslos que
trastornan y aquella máscara de labios curvados hacia abajo,
poseedora del secreto que desencadenó guerras.

(Vicente Molina Foix)


Crearemos cicatrices indoloras en la espalda. Las abriremos, nos abriremos, cual cremalleras desatascadas que se afanan a bajar; columnas vertebrales caídas a pedazos. Entraremos en el disfraz del otro y jugaremos a no vernos cuando nos digamos "te quiero".

Escondidos, nos desaprenderemos las formas del cuerpo, seremos distintos desde el punto de vista del poema. Deberemos aprendernos de nuevo, no sin dificultad. Al principio no conoceremos nada. Se nos plegarán mal los párpados al cerrar los ojos. Tendremos miedo de perdernos, de alejarnos de nosotros a cambio del amor. Entonces será difícil.

Volveremos a abrirnos, asustados, pero esta vez saldrán las vísceras y el color rojo. Sólo quedará la piel manchada por la esencia, que en tu cuerpo sigue siendo tuya y en el mío tú conquistas. Seremos piel abrazada. Seremos labios rotos con una sangre mezclada.

14 diciembre 2012

Andréi Tarkovski

Andréi Tarkovski
El cine como poesía de la introspección


It is extraordinary in that it provides a veritable transformation of elements at the level of cinema, a cycle that in one stroke makes cinema resonate with a qualitative physics of elements. This produces a sort of transformation, a great circulation of elements in cinema, beginning with air, earth, water and fire. All that I say does not diminish the story. The story is always there, but what strikes us is why the story is so interesting if not for the fact that all of this is behind it and whit it.

(Gilles Deleuze, Having an Idea in Cinema)


Existe cierta analogía en los elementos que circundan los sentimientos humanos, en aquellos valores que se desprenden de un lugar intangible al que el artista pretende llegar, para hallar en nosotros un torrente de emociones aliadas con el recuerdo almacenado en ese preciado bien, que es la memoria, que nos construye. En La genealogía de la moral Nietzsche ya nos proponía un juego de palabras semejante en la dirección de nuestro ensayo, que presentamos con una pregunta inquietante: “no nos hemos buscado nunca, ¿cómo iba a suceder que un día nos encontrásemos?”[1].

El director ruso Andréi Tarkovski conocía bien la fragilidad humana del «hombre débil» que se remite a la fe para llegar a su meta. El director de cine como artista lírico es un bien escaso en la historia del género, en un contexto cultural donde el mercado de masas ha creado un arte dirigido al aparato económico[2] heredero de la globalización del gusto, esto es, lo mainstream. El denominado «cine culto» o «cine de autor» a menudo se ha relacionado con el simbolismo intelectual en el que el espectador debe hallar un significado oculto. Empero, Andréi Tarkovski exhibe un nuevo camino cinematográfico marcado por el lirismo; es un poeta de la imagen.

Siguiendo la terminología aristotélica, todas las artes tienen un principio mimético que reside en la imitación de la naturaleza. De este modo, la palabra poeta se abre a todas las consideraciones del ámbito artístico, incluso el cine. En el contexto ruso, el paisaje juega un papel primordial como sujeto que nos observa. La Madrecita Rusia evoca un cúmulo de elementos dispares que se cobijan en un sentimiento: ser ruso y ser parte de una tierra que amalgama lo místico con lo melancólico, pasando por una religión donde lo intangible se acerca a lo terrenal mediante un icono al que el pintor dedica su vida como dependiente de algo superior. La naturaleza ya no es reproducida miméticamente, actúa como protagonista.

La concepción cinematográfica, para Andréi Tarkovski, radica en ese cambio de papeles, juego de espejos entre arte y artista que predecíamos en la cuestión clásica. Las personas no deben hacer uso del cine, sino que es el cine quien tiene que utilizar a los humanos, junto a todo lo que de ellos se desprende: la emoción, el sentimiento o el recuerdo. De hecho, el cine tarkovskiniano tiene la voluntad de indagar en ese elemento personal capaz de erigir un cosmos: el interior “como creador de una realidad ilimitada, de un mundo propio, en el sentido más literal de la palabra”[3].

Para conseguirlo, el director erige una unidad fílmica a partir de escenas en las que coexiste lo autobiográfico, el arte y la técnica al servicio del lirismo, como una poesía de la que el verso es la escena y la palabra es la imagen en un sentido unívoco: emotiva y sin concepto. Como heredero de la poesía romántica del XIX y en el marco de la intelligentsia rusa de los años 50, Tarkovski parece esculpir una realidad como Miguel Ángel esculpía sus bloques de mármol, creador de una historia que se encuentra en su interioridad, poniendo a su servicio recuerdos y referencias culturales que han cribado un sistema cinematográfico poético capaz de llegar a la frontera de la sentimentalidad humana, pues el sentimiento es el único capaz de tejer una universalidad.


En Nostalghia (1983) podemos observar muy bien esa universalidad del sentimiento en un pasaje esclarecedor: cuando Eugenia tiene en sus manos el libro de Arseni Tarkovski y Gortchakov le dice que la poesía es intraducible. Ciertamente es intraducible si hablamos de concepto, pero no si hablamos de sentimiento, para ello la traductora se remite a las demás artes. En Nostalghia encontramos a un «yo» ruso perdido entre una cultura ajena, con una irascibilidad nostálgica in crescendo por la añoranza de la percepción rusa, su cultura y su ambiente.

Tarkovski pretende producir empatía en el espectador, despertando una asociación de sentimientos que conlleven al diálogo mediante la utilización de elementos hiperreales: elementos de la realidad cuotidiana a los que dota de una vitalidad más acentuada, que no simbólica, para indagar introspectivamente. La búsqueda del ruso es la fe, por la que debemos sacrificarnos para hallar alguna certeza.

En el film, Gortchakov establece una relación con Domenico porque es el único capaz de sentirse como él mismo: un marginado. En esa marginación reside el sentido último de la película en conjunción con la nostalgia. Son los únicos que transgreden la realidad llevando a cabo un proceso, que en el protagonista es cruzar la piscina con una vela y en el aparente loco es inmolarse como consecuencia última del artista total. Sólo dos individuos, «niños con gravedad de adultos», son capaces de vivir sin ser una cínica estatua de la realidad, movidos por un sentimiento que les distancia de la futilidad de las ambiciones humanas, representadas con las grandes ruinas de Italia.


Embriagado por el recuerdo, el protagonista de Nostalghia afirma que los sentimientos no hablados son inolvidables a una niña que le observa. La poética introspectiva de Tarkovski reside en esta afirmación. Mediante la percepción y el sentimiento filtrado por la visión del director, crea un sistema cinematográfico capaz de dialogar con el espectador. Tarkovski afirmaba en Esculpir en el tiempo: “siempre he amado a los que no logran adaptarse de manera pragmática a la existencia”[4]. Quizá fuera por la supeditación de su vida y emotividad al cine, quien le extirpó todo su ser para convertirse en filmografía, hecha de cuerpo y alma, de técnica y poesía.


[1] NIETZSCHE, Friedrich; La genealogía de la moral, Alianza editorial, Madrid, 1972, p. 17.
[2] Si entendemos el cine como una evolución hereditaria del teatro fruto del contacto del género dramático con la nueva tecnología audiovisual, ya encontramos en Lope de Vega y su Arte nuevo de hacer comedias un ensayo dirigido al savoir faire del director para llegar al público que empezaba a pagar por ver lo que veía. El principio de una delimitación del gusto en unas directrices buscadas por ganar dinero.
[3] TARKOVSKI, Andréi; Esculpir en el tiempo, Ediciones Rialp, Madrid, 2005, p. 204.
[4] TARKOVSKI, Andréi; Esculpir en el tiempo, Ediciones Rialp, Madrid, 2005, p. 111.